Cuando solo vale la pela

•noviembre 6, 2018 • Dejar un comentario

Últimamente estamos descubriendo y nos alarmamos, cuando vemos la comida que se dan en algunos Hospitales o Residencias de Ancianos y podríamos seguir viendo en comedores escolares y/o centro de protección. Tanto públicos como privados y/o concertados.
Le echamos la culpa a la crisis, a la falta de dinero; pero lo siento no es esa la culpa, o por lo menos no la tiene por parte. Ya que no es solo en esos casos donde descubrimos el fracaso del sistema capitalista y económico por el que nos regimos en nuestra sociedad tan adelantada y conocedora de la realidad en la que vive.

En el día a día las familias nos solemos regir por el criterio económico, pero no siempre. No siempre elegimos lo más barato, fundamentalmente porque sabemos que eso al final sale más caro. Nos regimos por otros criterios, la marca, el lugar donde compramos, la confianza en el producto o en el lugar donde lo compramos; si es ecológico, si consume menos energía, si es más saludable. Solo en familias donde tienen que mirar más el dinero (que son muchas) se mira más la parte económica a la hora de hacer las compras y seguramente no en todo ya que priorizamos donde gastar algo más y donde mirar el precio.

Y, ¿porque no pasa lo mismo en las administraciones? Siempre que sale a concurso cualquier proyecto o cualquier gestión pública lo primero que se mira es el coste económico y el resto de la propuesta de quien vaya a concursar pasa desapercibida o se relega a un segundo o tercer plano (cuando solo se tiene en cuenta la “marca” y no lo económico también podemos tener un problema de prevaricación).

En lo que a nosotros nos toca creo que uno de los grandes problemas cuando optamos a una licitación o concurso público para llevar tal o cual recurso social ante empresas donde lo que prima es el beneficio siempre tendremos la peor parte. Las entidades sociales tiene que dar un producto digno, un servicio que ponga primero a la persona y que el o la profesional tenga un trato digno, unas condiciones laborales dignas y un sueldo acorde con ello. Pero eso las Instituciones Públicas no suelen tenerlo en cuenta y por un lado te quitan subvenciones o directamente en el concurso público la licitación de tal o cual recurso se lo lleva quien dice que lo hace más barato, en detrimento de las condiciones laborales, y de un sueldo digno.

Si tuviéramos un convenio digno, unos parámetros laborales marcados y donde no se puede bajar ni económicamente ni en condiciones laborales, todo el mundo saldría ganando. Las instituciones públicas, las entidades sociales licitadoras y sobre todo la persona a la que se le va a dar el servicio. Y aquí juegan un papel importante los sindicatos y los colegios profesionales que puedan regular nuestra labora profesional y a la vez que tengamos un convenio digno para que las instituciones públicas sepan a que atenerse a la hora de preparar un concurso público y las entidades sociales tener al personal con dignidad (que no todas lo tienen, aunque si una buena mayoría; pero muchas y conocidas tienen al personal en condiciones deplorables ya que no hay un convenio y en ocasiones ni siquiera el estatuto de los trabajadores está en la base del contrato).

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Soy educador y me muero en cada intento

•octubre 4, 2018 • Dejar un comentario

La verdad es que este post debiera haberlo escrito el día 2, o por lo menos tenerlo preparado para entonces, pero es que yo siempre voy fuera de plazo. Mi vida laboral o de servicio a las personas a las que dedico mi vocación profesional siempre va un paso detrás de ellas.

Que quiero decir con ello. Es sencillo, las mejores ideas y la mejor intervención casi siempre se me ocurre después de las situaciones que tengo. La mejor aportación, la mejor palabra, el mejor abrazo o incluso el mejor silencio se me ocurren horas después de cuando tendría que haberlo hecho. Eso es el aprendizaje diario con el que tengo que lidiar. Claro está de errar es de humanos, y creo que soy un humano excepcional (porque mi error es casi continuo). Pero gracias a Dios, o mejor dicho, gracias al trabajo en equipo las cosas que no dijimos, no hicimos o que hicimos de más las ponemos en común y aprendemos de ellas.

He sido “seco” con algunas personas, o demasiado severo con otras; incluso con otras he sido más permisivo. Saber que hacer o que decir sale de la experiencia, de caer y de volver a levantarse. Trabajamos con personas y con ello debemos de tener un cuidado excepcional. No les curamos, no soy médico… pero cuando no se les puede curar (porque no se da con la mejor terapia, con la terapia adecuada, o ya la medicina no puede hacer nada) se les puede cuidar, estar, escuchar, abrazar, reír y llorar.

Siempre digo y diré lo importante que es o solo reflexionar sobre lo que hacemos y como lo hacemos, y no uno solo sobre todo con otras personas para ver lo que uno no es capaz de ver y para hacer ver lo que otros no son capaces de ver.

Y otra de las cosas importantes es saber “desconectar”, limpiar nuestra mente y nuestro corazón, para cuidarnos a nosotros mismos. Cuidar la mirada social con la que vivimos cada día, para cuidar la vida. Cuidar la vida con música, cine, deporte, descanso, playa, monte, amigos/as, café, cerveza, vino… si eso lo tenemos dentro de nuestra vida, nuestro trabajo irá mejor. Yo con el tiempo he aprendido a desconectarme del trabajo, no olvidar pero si dejar en un compartimento en el cerebro (como hace Sherlock en lo que se llama “Teoría del desván” donde almacena la información en su cerebro), e intentar recuperar lo que me sirve para mi trabajo y para mi vida diaria.

Así es que digo muero en cada intento, y eso me ayuda a que en los siguientes intentos muera menos. Vamos que la propuesta del carnaval de blogs de “¿Cómo ser educador social y no morir en el intento?” lo entiendo en que hemos de morir para resurgir para seguir dando lo mejor de cada uno y cada una, y eso siempre nos hará mejores personas y mejores profesionales.

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Me da pena

•septiembre 29, 2018 • Dejar un comentario

El anterior post en el que ponía que nuestro trabajo nos afecta, voy a redundar en el tema.

Hoy entraba a trabajar y una compañera me decía que la situación de una de las personas a las que atendemos y que en próximas fechas debe abandonar el recurso ya que ha tenido un consumo (no es puntual, ya que ya los tuvo no hacía mucho y estuvo en la calle por un tiempo en el que siguió consumiendo y volvió al recurso) en el que ha peligrado, otra vez su vida. Esta compañera decía que no hemos hecho nada en los últimos meses que ha estado en el recurso, yo le he dicho que este no es un recurso educativo y si es un recurso sanitario, las personas vienen a recuperarse físicamente y volver a  la calle (sus casas, habitaciones, albergues, pensiones…) y en algunos casos comenzar procesos de reinserción y en muchos de ellos vueltaal consumo y a seguir en la rueda de consumos y pasos por el recurso a no ser que me quede en el camino.

Me da pena la vida de las personas que no aprovechan las oportunidades que se les ofrecen. Pero cuando alguien no quiere cambiar, no quiere mejorar, no quiere vivir; no podemos insistir, no podemos hacer mucho o nada; y solo queda el asistencialismo. Y esto es un de los pecados más grandes de nuestro trabajo, asistencialismo y que la parte educativa desaparezca.

Me da pena que nos de pena la vida de esas personas. No soy una persona fría, no me considero así. Pero con el tiempo he creado un muro, una mirada fría y distante ante las situaciones vitales de muchas de las personas con las que trabajo y no “darme pena”. Si me afecta, pero no quiero y no deseo que me “de pena”.

Y la pregunta que yo me hago es ¿que he hecho yo para mejorar la vida de esta persona? No hago la pregunta del equipo educativo, primero he de hacerme la pregunta a mi mismo y ver la mejor respuesta. Sobre todo para mejorar mi intervención con futuras personas y que mi intervención pueda mejorar el trabajo en equipo.

Trabajamos con y para las personas. Nos afectan sus vidas, unas vidas que gritan por su liberación, por su mejora vital y un cambio radical en la sociedad que las acoja y en las que puedan caminar y vivir en libertad y lejos de las ataduras de la droga y de una vida en exclusión o en riesgo.

En fin, hemos de trabajar con el riesgo de que las cosas nos afecten, pero sobre todo ser lo más cercanos posible pero que esto no haga de nosotros robots sin sentimientos y sin afectos.

Una asignatura olvidada en las facultades de Educación Social y que habría que fomentarla de alguna manera en los Colegios Profesionales, para hacer las mejores profesionales posibles y mejorar nuestro trabajo diario con las personas y colectivos en exclusión y en riesgo de exclusión.

Mi trabajo me afecta

•julio 8, 2018 • 1 comentario

¿Cómo no lo va a hacer? Trabajamos con personas, y en muchos casos personas “heridas”, personas “en riesgo”, personas “olvidadas”… sus vidas nos afectan porque establecemos un vinculo afectivo, nos implicamos en sus vidas y cuando estas no avanzan o caen eso nos afecta, nos agobia y nos hace preguntarnos si nuestro trabajo ha sido bueno, o por lo menos hemos puesto todo nuestro esfuerzo en caminar al lado.

Ahí está la cuestión, caminamos al lado, no sustituimos el camino, no sustituimos a la persona. Deberemos tender la mano, pero es la persona con la que trabajamos la que tiene que caminar sola; y en todo caso podemos indicarle el mejor camino para seguir avanzando (incluso aunque sea cuesta arriba y lleno de baches y de estrecheces, que esas mismas personas encuentran o que incluso otras personas pueden poner). Y al igual que las caídas nos afectan, el dolor ajeno no nos puede resultar extraño o incluso mantenernos impasibles ante ello (no somos máquinas). Cuando se consiguen éxitos también deben afectarnos y como tales celebrarlos.

Las caídas, y retrocesos, y los éxitos son parte del proceso que hacemos con las personas y que hacemos las personas. Y al igual que cuando uno mismo consigue un éxito y lo celebra también tenemos que hacerlo con las personas que acompañamos, porque en muchas ocasiones no son conscientes de los éxitos y no han celebrado tanto la vida como podemos hacerlo en ocasiones.

La vida nos afecta, nuestra vida nos afecta y la vida de otras personas nos debe afectar. Y eso es bueno y normal; pero lo que ya no es normal y bueno es la obsesión por el dolor y por el fracaso. Es cierto que el fracaso y el dolor nos afecta más que las alegrías, y tenemos que hacer un esfuerzo para que sea al revés, sobre todo porque es una minoría de ocasiones que viviremos el éxito.

Para ello creo que debemos marcarnos objetivos sencillos, a corto plazo y que estos nos lleven al gran objetivo a largo plazo. El camino está lleno de metas volantes, no existe una “meta final” (bueno, si la muerte). Los continuos retos personales nos hacen caminar, darnos cuenta de que siempre tenemos algo que mejorar y hacerlo ver al resto de las personas que acompañamos y con las que trabajamos (cada uno sabrá donde está el objetivo).

Pues, así es amigos y amigas. Los que trabajamos con personas somos personas afectivas, personas que ponen su corazón y cabeza en su trabajo. Pero cuidado con que eso nos afecte, que ya hablé de “llevarnos el trabajo a casa” y encontrar la manera que eso que nos afecte quede en el ámbito laboral y no en el vital porque eso nos puede “matar”.

No estaba muerto… estaba de sequía

•mayo 19, 2018 • 1 comentario

Así es amigos y amigas, no hemos desaparecido, no hemos emigrado o dejado la educación social. He tomado un paréntesis de un año y medio sin saber que decir o que expresar; pero en las últimas semanas mi cabeza y corazón están revueltos. Revueltos por algunos acontecimientos que quizás hagan daño a un colectivo, pero no a una profesión que amamos y que queremos luchar por su dignificación y que sea más tenida en cuenta por la sociedad, porque es necesaria.

Preocupado por las personas que creo que no lo están pasando bien y en sus corazones y cabeza también una revoltura grande. Una máxima que intento llevar a mi vida es “primero la persona”, la institución, el colectivo es importante; pero si las personas en su individualidad no están bien el colectivo se resiente y no camina.

 

Amigos y amigas que como yo amamos esta profesión, no desfallezcáis, no estáis solos y solas. Son muchas las personas que nos esperan al borde del camino, que nos esperan en la frontera. Que nos necesitan, nos necesitan enteros, nos necesitan sanos, nos necesitan luchadores. La educación social es imprescindible, los que luchan todos los días son imprescindibles.

 

Necesitamos la voz de todos y todas, vuestra apuesta por la profesión no se quede en un like en las redes sociales, ha de ser participativa y de compromiso real. Ánimo, valor y a la calle.

 

P.D.: Gracias Bibi, por animarme a volver a escribir.

Pequeños experimentos

•diciembre 13, 2016 • 2 comentarios

El otro día con los niños y niñas del apoyo escolar me dio por hacer un pequeño experimento con ellos y ellas. Normalmente me piden siempre permiso para ir al baño, y mi respuesta suele ser afirmativa y me daba cuenta que en muchas ocasiones decía “si hombre, si”, sea del sexo que sea quien me lo pide. Es una frase “hecha”, una respuesta automática que decimos muchas veces sin darnos cuenta; y se me ocurrió que cuando viniese una chica seguiría diciendo esa frase y si venía un chico diría “si, mujer, si”.20160308_171223

La primera persona que vino a pedir permiso fue una chica y mi respuesta de siempre no resulto llamativa, luego otra chica más y pensé vaya ahora ningún chico quiere ir al baño y por fin vino un chico y le dije la respuesta pensada… se me quedó mirando y enfadado me dijo “¡soy chico!” y le respondí que ya lo sabía y cuando les decía a las chicas “si, hombre si” porque nadie se enfadaba y porque se reían las chicas al decirle eso a los chicos y nadie decía nada al contrario. Les quise transmitir que muchas veces no pensamos lo que decimos y como usamos “genéricos” masculinos para todas las personas sin darnos cuenta.

Estamos demasiado habituados a ese tipo de lenguaje y no nos damos cuenta. Con esto he querido hacernos (yo me incluyo) conscientes de ello y de intentar cuidar nuestro lenguaje y trabajar por un lenguaje más genérico y donde todos y todas quepamos y nadie quede fuera.

Sueños que se cumplen

•diciembre 7, 2016 • 1 comentario

Estos últimos días estoy viviendo un momento muy bonito en mi sencillo trabajo de responsable de un programa de apoyo escolar con niños y niñas de un colegio. Llevo ya más de 10 años estando dos tardes a la semana acompañando, escuchando, riendo, enfandándome, divirtiéndome, y sobre todo aprendiendo tanto de los niños y niñas como de los voluntarios/as que ayudan a cada guaje a sacar adelante sus deberes y necesidades educativas.
Siempre sueñas con que alguno de ellos, hoy niños/as, con el paso del tiempo vuelvan pero como voluntarios/as y ayuden a los que en ese momento estén.

Y ese momento ha llegado, y eso me hace feliz ya que veo como han crecido y quieren devolver a otros lo que ellos mismos recibieron. Lo voy a contar como un cuento y así que paso a relatarlo.

Un sábado de esos en los que proponemos a cientos de jóvenes de Gijón que puedan tener una pequeña experiencia solidaria, en los que enviamos mensajes a muchos móviles y no sabemos que respuesta tendremos; y que la persona que lo hace no conoce ni el pasado ni el presente de cada joven. Allí aparecieron ellos, ella y él. Dos jóvenes que hacía unos cuatro años que no veíamos, que no sabíamos mucho de ellos; (vamos a escribir dos nombres ficticios) Pelayo y Cova aparecieron y mi corazón se puso a latir con mayor fuerza, esos dos, ahora adolescentes de 16 años y que había conocido desde los 8 hasta los 12 años aparecían por la puerta de la sede de la Fundación con ganas de participar en una nueva actividad, ir a pasar el día en una residencia de ancianos. Yo estaba especialmente contento, sobre todo por lo que me dijeron los responsables que ese día participaron y así me lo explicaban.

20160322_165657.jpgPero no quedo todo en ese sábado, ya que uno de esos días de voluntariado en el que llevábamos casi un mes con 30 niños y niñas y escasas personas que pudiésemos ayudar, aparecieron 8 nuevos voluntarios/as y dos de ellos eran Pelayo y Cova. Según les vi, me levante de la silla donde estaba con 3 de los niños ayudando con sus deberes y les acogí lo mejor que pude, en ese momento suelo explicar a los que vienen nuevos que hacer y como; pero sobre todo decirles con quién. A estos no tuve que explicarles nada, me miraban sabiendo más o menos que tenían que hacer, pero con los nervios de aquellos que aparecen por primera vez con las ganas de aquellas personas que saben lo que quieren y están sobre todo contentos de poder hacerlo. Les puse con un unos pocos niños a cada uno, era gracioso ver ahora ayudar a los que fueron acompañados, verlos “en el otro lado”.

Cuando terminamos la actividad, nos despedimos hasta el siguiente día; yo les miré y les dije, después de unos cuantos días “os preguntaré que se siente al estar en el otro lado”, me miraban sonrientes y contentos de la tarde, de haber podido hacer algo diferente con su tiempo. Les pregunté que tal les iba en el Instituto, y bueno no es que tuviera la respuesta de alguno de ellos más satisfactoria, pero bueno tampoco les va tan mal.

Que decir con todo esto, recuerdo la versión de Andrés Calamaro cuando decía en una canción “El tiempo pasa, nos vamos volviendo technos”; y eso pasa, sobre todo cuando son otros los que nos lo recuerdan, pero bendito paso del tiempo que hace que otros puedan recoger el testigo… y quien sabe si dentro de dos años estos mismos me dicen “Alberto, me gustaría estudiar Educación Social”… pero eso es otra historia.